¿Puede otra persona acceder a nuestra mente?



Sucedió en Madrid. En plena Gran Vía, donde se estaba representando el espectáculo Mentalismo en el cine de mi amigo Pablo Raijenstein. «Una mujer del público entró en trance hipnótico tras seguir las pautas que ofrecía para una hipnosis colectiva» -explica el mentalista. Lo insólito es que tras el espectáculo la mujer seguía “dormida”. Tuvo que intervenir el SAMUR (Servicio de Asistencia Municipal de Urgencia y Rescate) que la trasladó a un hospital. «Intentamos sacarla del trance pero no reaccionaba. Perdí el control sobre ella era una forma de llamar la atención» –recuerda Raijenstein- . ¿Acaso nuestra mente es controlable bajo hipnosis? A los hechos me remito. Hace tres años, un abogado estadounidense fue condenado a 12 años de prisión por hipnotizar a sus clientas para abusar sexualmente de ellas; también en 2017 Scotland Yard investigó un atraco cometido bajo hipnosis y en 2018 hemos sabido que la Agencia Central de Inteligencia empleó la hipnosis en tareas de espionaje para obtener información según reza en documentos desclasificados. Cabe preguntarse, entonces: ¿Puede otra persona acceder a nuestra mente y manipularnos? «La respuesta es sí y, para ello, no son necesarios “poderes psíquicos”. Los mentalistas –aclara Raijenstein- persuadimos mediante la sugestión y el ilusionismo. No somos magos, no tenemos poderes.» Es verdad. Hoy sabemos, gracias a los avances de la moderna neurociencia que nuestro cerebro ha evolucionado para conectarse con el de los demás allanando el camino a influencias no siempre consentidas. No obstante, esta capacidad no funciona por igual en todos los seres humanos. «Hay personas muy receptivas y otros, por el contrario, tienen una prodigiosa capacidad para influenciar y manipular al prójimo mediante la persuasión» -aclara el doctor en psicología Héctor González. Los sociólogos estudian el fenómeno de las fake news en las redes sociales, capaces de cambiar estados de opinión de las masas Lo saben bien los técnicos en ingeniería social que llenan las redes de noticias intencionadas política o económicamente para generar estados de opinión que conforman mayorías y oposiciones. Nos sonrojamos al ver regímenes como el de Corea del Norte que giran en torno a líderes carismáticos que articulan relatos de pensamiento mágico, como las sectas destructivas y no advertimos que, a otro nivel, todos somos víctimas de la manipulación y la propaganda sea a través de los medios, las redes sociales y nuestro círculo socio-familiar más cercano. «Nadie quiere estar fuera de la tribu, ser marginado por la comunidad y para ello adopta conductas que están en colisión con sus propias convicciones. En 1999, el Nobel Francis Crick anticipaba la posibilidad de utilizar la luz para controlar selectivamente modelos de actividad neuronal específica dentro de los diferentes subtipos de células del cerebro. La técnica ya desarrollada se conoce como optogenética. Más impresionante aún es el enfoque que ofrece la moderna neurología. El científico de la Universidad de Michigan y co-fundador de Backyard Brains, Greg Gage, es capaz de controlar el brazo de una persona a través de un interfaz. Es decir que tomamos el control, no sólo de la voluntad del individuo sino, incluso, de sus movimientos. Mediante optogenética se puede, también, activar o desactivar las neuronas que hacen posible estados mentales particulares de modo que identificando las zonas del cerebro que se activan en un proceso de estrés postraumático pueden ser desactivadas las neuronas y activar las que corresponden a la felicidad. Esto es porque las neuronas se activan dejando entrar y salir cargas eléctricas a través de proteínas especiales distribuidas por toda su superficie y lo que hace la neurociencia activar mediante impulsos luminosos esas sustancias químicas (neurotransmisores) que enlazan las neuronas (las sinapsis). Parece ciencia ficción pero pronto se podrán activar y desactivar estados de ánimo a conciencia, un verdadero hackeo de nuestro cerebro. Atrás quedarán los hipnólogos y su sugestión para dar paso a un ejército de interfaces biónicos que harán de nosotros un ciborg programable. Qué espanto.

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