La maldición del dios siberiano a los nganasan


Desde la noche de los tiempos, los nganasan de Siberia occidental adoran a una poderoso dios protector que creen fusionado con una impresionante figura antropomorfa tallada en madera. El chamán más poderoso era el encargado de custodiarla y ofrecerle dádivas para que se mostrara propicia. A mediados del siglo XX, uno de los últimos sabios de este pueblo siberiano entregó la figura para que la protegiera a su amigo y célebre etnólogo ruso Yuri Simchenko, pues temía que a su muerte cayera en malas manos. Poco antes del derrumbe de la Unión Soviética, durante un período de enorme carestía, Simchenko se vio obligado a venderla para poder alimentar a su familia. Un amigo, el también etnólogo finlandés Heimo Lappalainen, le ayudó a sacar la talla del país de contrabando, y no tardó en ponerse en contacto con el antropólogo y experto en chamanismo Michael Harner, quien no dudó en adquirir la estatua con la colaboración de la Fundación de Estudios Chamánicos. La figura dejó un reguero de muertes, pues el chamán nganasan que se deshizo de la misma falleció poco después, y lo mismo ocurrió con los otros dos implicados en el asunto El periplo de la figura llevaba consigo una terrible maldición, y es que dejó un reguero de muertes a su paso. El chamán nganasan, que se deshizo de la misma, falleció poco después, y lo mismo ocurrió con los otros dos implicados en el asunto: Simchenko y Lappalainen. Harner, por su parte, trató de otorgarle las ofrendas y los respetos propios de los nganasan para apaciguar al dios, y años después consiguió devolver el «objeto de poder» a una representante de este pueblo siberiano, que acepto la estatua temblorosa y prometiendo honrarla como era debido.

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