El libro negro de los brujos



Una joven se sienta en la desvencijada silla de madera y permanece en silencio, tal y como le han indicado. Tiene las manos entrelazadas sobre las piernas y la mirada hacia abajo. Frente a ella, la anciana saca un pequeño y manoseado libro, con las tapas gastadas, que guardaba con celo bajo un paño de tela. La mujer selecciona una página, se santigua y comienza a leer una especie de ensalmo. Al terminar, la joven recibe una bendición y ya puede volver a casa, convencida de que le han quitado el maleficio que padecía. Sabe que si esta primera sesión no fuera suficiente, si el hechizo es muy poderoso, tendrá que volver y, entonces, Josefa da Cruz, que así se llama la mujer «sabia», tendrá que leer otro pasaje del libro negro, pero esta vez al revés. Y es que el Libro de San Cipriano, el Ciprianillo, o simplemente El Libro, está considerado muy poderoso, ya que cualquier persona no podía tener acceso a este preciado volumen y, lo que es más importante, solo unos pocos escogidos saben –sabían– utilizarlo adecuadamente. Esta curandera gallega alcanzó, en la primera mitad del siglo XX, una fama que trascendió las fronteras de su tierra, ya que iban a consultarle desde diferentes puntos de la península Ibérica. Uno de los reclamos de su notoriedad era precisamente El Libro, un volumen limitado a pocos ejemplares y difícil de encontrar que contenía oraciones sanadoras, conjuros contra el mal de ojo, formas de expulsar a los demonios e, incluso, según las versiones, pactos con el demonio. Y es que el maligno está muy presente en varios capítulos del grimorio más famoso de España, Portugal y América del Sur. Pero, ¿qué hace un santo como Cipriano firmando un libro para invocar a las fuerzas del mal? Brujo antes que santo Buena parte de las imágenes religiosas e iglesias consagradas a san Cipriano hacen referencia a un santo que nació sobre el año 200 en el norte de África y que llegó a ser obispo de Cartago. Sin embargo, el Cipriano al que se le atribuye el libro fue también un mártir cristiano, pero nacido en Antioquía sobre el siglo III. Sus padres, unos acaudalados señores, eran unos devotos paganos que adoraban a multitud de dioses. Se dice que este santo tenía una gran cultura, tanto en las artes de la adivinación como en la preparación de conjuros, aunque también en cuestiones filosóficas, ya que viajó por buena parte de Asia y África. Su conversión al cristianismo se produjo cuando tenía treinta años, tras un incidente relacionado con una historia de amor. Sobre este particular existen dos versiones. La más conocida es la que afirma que un joven llamado Aglaide le encargó a Cipriano, cuando aún era un hechicero, una fórmula que le permitiera enamorar a una mujer llamada Justina, que sistemáticamente le negaba su amor por estar consagrada al cristianismo: las artes del hechicero no dieron resultado y Cipriano realizó una invocación al mismísimo Lucifer para consultarle. El demonio le contestó que nada se puede hacer contra alguien que está consagrado al Dios cristiano, ni mucho menos contra alguien que se protege con la señal de la cruz. Esta misma versión sobre su vida asegura que, entonces, renegó del maligno y de la magia, convirtiéndose al cristianismo en cuerpo y alma. Y es que tanto él como Justina fueron decapitados en Antioquía y sus reliquias repartidas entre la iglesia de San Juan de Letrán, Toulouse, y la catedral de León. Otra, algo diferente, señala que el propio Cipriano se ofreció un día para mediar en un duelo a muerte que mantenían dos jóvenes por una mujer llamada Celia. Al ir el santo a su encuentro, él mismo quedó prendado de la muchacha, aunque cumplió con su encargo. Al conocer que la mujer era cristiana y no quería a ninguno de los dos rivales, él mismo le habría confesado su amor, que también rechazó. Dice esta versión, menos popular, que el mago preparó un potente filtro amoroso que surtió efecto y la joven cayó en sus brazos, no sin antes reprocharle, entre llantos, su manipulación. Cuando Cipriano, sintiéndose culpable, pretendía destruir todo su arsenal mágico, se le apareció el demonio disfrazado de forastero. Él mismo habría puesto en manos de Cipriano el libro de magia que luego le haría famoso. Tras dedicarse durante un año a estudiar sus artes, finalmente abrazó el cristianismo y habría muerto en compañía de las que luego serían santa Celia y santa Justina. Pero en cualquier caso, Cipriano de Antioquía habría dejado como legado, reitero, el que sería uno de los textos más famosos de recetas mágicas, un verdadero grimorio donde se mezclan conjuros, hechizos y exorcismos con oraciones cristianas. Este libro negro, editado en cientos de versiones diferentes y en multitud de idiomas, se convirtió en libro de cabecera de brujos, curanderos y videntes. Además de ensalmos y oraciones, el texto contiene una serie de recetas para desencantar tesoros, algo que amplió el interés de la gente corriente por este libro.

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