Fluir: disfrutando el ahora


Resulta un tanto paradójico que, con un apellido casi impronunciable Mihaly Csikszentmihalyi, uno de los padres fundadores de la Psicología Positiva, haya sido capaz de describir algo tan aparentemente simple y universal como el estado de flujo. Un «estado» que siempre estuvo ahí, ante nuestros ojos, pero que no fue diseccionado y puesto en valor hasta que este psicólogo estadounidense de raíces italo-húngaras puso el foco en el mismo hace ahora tres décadas. Desde entonces Flow (fluir), de Mihaly Csikszentmihalyi, es una influyente obra de referencia para psicólogos, terapeutas, estudiantes y personas que en general quieran ser mas felices y mejorar su bienestar. Cabe la posibilidad de que el concepto te resulte ajeno o exótico, pero, sin embargo, te aseguro que has experimentado lo que describe en infinidad de oportunidades. ¿Acaso no has vivido alguna vez uno de esos momentos de febril actividad en el que la implicación en la acción que realizas es capaz de focalizar toda tu atención, aislarte del mundo hasta el punto de hacerte perder la noción del tiempo, combinando una clara sensación de paz y una potente lucidez mental con la ausencia total de preocupación? Cuando esto nos ocurre al realizar una actividad, independientemente de cuál sea o de su finalidad, incluso en el caso de ocurrir con algo rutinario o aburrido, estamos experimentando el flujo. La clave para identificar ese estado radica en el hecho de tomar conciencia de que la ejecución de la propia acción genera esa sensación de bienestar. Estamos experimentando lo que Csikszentmihalyi y su equipo definieron como «estado de experiencia óptima», o lo que es lo mismo, estamos «fluyendo»… y lo curioso es que si nos preguntan a posteriori cómo nos sentíamos, no dudaremos en decir que «felices» y «realizados». Equilibrio de conciencia y control Csikszentmihalyi asegura que dejarnos llevar por este flujo puede conducirnos a mayores y más frecuentes estados de felicidad siempre y cuando cumplamos con un requisito: conocer y dominar nuestra propia conciencia hasta el punto de que seamos capaces de actuar sobre nuestra subjetividad y, consecuentemente, sobre la forma de interpretar lo que estamos experimentando. En otras palabras, no importa lo que hagamos mientras seamos conscientes de ello –el mítico vivir en el ahora–, tengamos un buen nivel de control sobre la acción que esté en consonancia con nuestras habilidades, y estemos decididos y tengamos el propósito de encontrar disfrute en lo que nos sucede, día a día. ¿En qué se traduce esto? Pues en que podemos fluir pasando una tarde de pesca, leyendo una novela, completando un cuadro o un tapiz de patchwork, teniendo una sesión de profundo y afectivo sexo, cuidando de nuestras colmenas o plantas, dando o recibiendo un masaje, armando una maqueta, montando la instalación eléctrica de un edificio… La lista es tan larga como podamos imaginar. Muchas son tareas cotidianas, puede que insustanciales para la mayoría, pero lo que generan es equivalente a cabalgar sobre las olas más grandes y peligrosas, coronar una peligrosa y exigente montaña, resolver una compleja operación cerebral, o conseguir documentar visualmente en la espesura de la monumental selva a un esquivo animal. Basta con vivir el ahora mientras lo hacemos focalizando la atención en la tarea, tener habilidades para poder afrontar la misma con unas mínimas garantías de éxito si, seguimos un método o pauta y, en tercer lugar, sentirnos motivados y querer encontrar disfrute en esa tarea, tanto si debemos hacerla por responsabilidad o por decisión propia. Quienes trabajan en este terreno y lo han investigado a fondo aseguran que casi todo el mundo tiene herramientas, habilidades y fortalezas para experimentar el flujo, incluso cuando la adversidad, las obligaciones o el aburrimiento sean las pautas con las que definamos nuestras existencias.

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